Crítica

Lo que se ha escrito sobre su obra

Un don natural para el color

Gerardo González Álvarez · 2014

Pintor, grabador, ensayista y crítico de arte

Así como el buen cantante trae un sonido propio e innato, Jorge Korea llega al arte con un don natural para el color. Muestra desde su primer cuadro un maravilloso timbre colórico que ha ido masijando y del que ha dado prueba virtuosa desde sus primeros paisajes, montañas, pastizales y arboledas, hasta los caseríos superpoblados donde el personaje cotidiano tiene un lugar ponderante.

Este artista llega a entender que importaban tanto el planteamiento plástico y el tema de su cuadro como su visión del mundo, y se da cuenta de que la obra plástica no permite resaltar uno de ellos sin detrimento de los otros; que un equilibrio mudo acuchilla los excesos, que toda su disconformidad con el sistema, en la obra de señalamiento, no puede ser expresada plenamente y con mucho costo podrá mostrar una idea a riesgo de no ser captada o mal interpretada. Es por esto que Jorge Korea recorrió sin saltos un camino que no deja de ser curioso: pasa a la abstracción sin dificultad y aquí cae en la cuenta de su habilidad natural. Descubre que al público nunca le había importado tanto estas propuestas, que dijera él lo que dijera y pensara lo que pensara, al final siempre quedaría una relación armónica o no armónica, de forma, luz y color, de la que no se habría podido escapar.

Además, se da cuenta de que el planteamiento filosófico o visión personal del mundo ocupa su lugar en la obra, pero que se lo tragan la forma y el color. La belleza del acto plástico no está en contarla, sino en contemplarla, y esta conciencia reduce al narrador a un simple y subordinado animador, quien presenta al verdadero cantante, al verdadero pintor nato. Se le ve pintando una bolsa de papel. Encuentra la manera de equilibrarse sin caer en los extremos. Pinta objetos de supermercado, señala, sin dedo, el consumismo aterrador al que se abalanza; papeles arrugados y desarrugados, fragmentos de papel craft que fueron olvidados en una pulpería de pueblo.

Aquí la abstracción se vuelve figuración y continúa su recorrido hasta que lo impactan quinientos años de conquista. Encuentra en este tema todos los elementos juntos: la fascinación del indio por el brillo y la novedad, la cruel imposición del español, metal y madera, animal y hombre, mar y ultramar. Sus cuadros se animan como antes. Pinta la serie de la Conquista y se queda en ella una década, hace incursiones en temas de la ciudad y sus personajes de bajo mundo, toca todo: edificios, calles, postes, perros, basureros; y pasa a pintar sus cuadros con renovado compromiso, más bien liberado e identificado con la realidad, con la esencia misma del ser y del sentir. Las formas se salen de sí mismas y se reforman de nuevo, se transforman y desaparecen los soldados, desaparece el conquistado y el yelmo, surgen otros personajes.

La visión de sí mismo con el entorno ofrece ahora un Jorge Korea transfigurado, obra que arranca con el milenio y sigue provocando armonías tonales, contrastes vibrantes y sonoridades únicas, propias de un gran intérprete.

La aventura épica de Jorge Korea

Víctor Hugo Fernández · 2010

Pocos artistas en la escena plástica centroamericana poseen la visión, la búsqueda y también los hallazgos que refleja la obra del artista Jorge Korea. Nacido en Nicaragua, la obra principal de Korea se ha construido durante los muchos años que tiene de vivir en Costa Rica.

Se trata de una obra que refleja un sustrato académico y a la vez se libera de ataduras o restricciones formales, permitiéndole hacer uso de una libre imaginación reflejada en las figuras de exquisitos caballos galopantes a lo largo de praderas, playas interminables y paisajes de rico sustrato onírico.

En su compromiso como artista, la obra de Korea refleja su búsqueda de perfección técnica, combinada con una intencional provocación hacia el espectador. En sus trabajos, técnica y contenidos se funden armónicamente con el propósito de construir una metáfora donde el color desempeña un papel significativo como conductor de estados emocionales de implicaciones épicas. Las imágenes de caballos que discurren solitarios o en grupo son un leitmotiv de su propuesta, donde los equinos expresan vida, libertad, travesías a través de reveladoras visiones, relacionadas con el rol de las criaturas vivientes sobre la superficie del planeta.

La presencia del hombre es intencionalmente disminuida en el universo de Jorge Korea, donde reinan los caballos. De hecho, en las telas de este artista el mundo es visto a través de los ojos del caballo, y ellos miran de la misma forma que nosotros los miramos a ellos. Los caballos de Korea poseen una intención humanizante de la que carece el hombre mismo: el soldado, el explorador, el contorsionista.

¿En qué consiste la libertad o la conquista? El universo pictórico de Jorge Korea está lleno de preguntas e invitaciones a vivir y ser libre.

Esa visión costera recurrente prevalece en su obra, el umbral entre dos mundos: el espléndido horizonte marino por un lado, que invita a la navegación y a la exploración, contrapuesto a esa contrastante visión de la tierra inmediata, tan atractiva para el ojo de la memoria con su densa vegetación y sus misteriosas exploraciones. Y el caballo es testigo de todo ello, de la misma forma que un intérprete.

Cuando Korea aborda la civilización, su cosmogonía se acerca a aldeas y pirámides antiguas, insinuando ciudades perdidas, como si en la invitación a la mirada el artista percibiera el fin de la humanidad, al menos de la forma en que se concibe actualmente. Su universo urbano es ancestral y, en cierta manera, agotado. Por eso los caballos miran desde la distancia las ciudades a lo lejos.

¿Cuál es el rol de la civilización? Los caballos nos cuentan la historia; ellos pretenden abrirnos los ojos hacia una nueva y reveladora forma de aproximarnos a la vida, siempre en el umbral entre el mar inmenso y aventurero y la tranquila calma del territorio inmediato, desde el cual el caballo espera y es a la vez testigo de los nuevos tiempos.

La inmensa propuesta cromática de Jorge Korea no persigue otra cosa que generar reacciones emocionales en el observador. Sus escenarios son espacios abstractos construidos simétricamente y completados con colores y tonalidades contrastantes, donde los caballos galopan, observan, insinúan la vida, la energía y la libertad.

Hombres cabeza abajo, arlequines, soldados con armadura: los caballos de Jorge Korea llevan sobre sus lomos una tropa de seres humanos manifiestos, desde la perspectiva onírica, llenos de imaginación y surrealismo.

El mundo fascinante de la pintura de Jorge Korea es el resultado de la combinación del color y la abstracción de los fondos, con un estilo personal de contar la historia a través de los ojos de los caballos, acentuado gracias a la aplicación de una fuerte paleta de colores, capaz de conducir al observador hacia experiencias emocionales significativas basadas en la confrontación, en medio de una expresiva metáfora donde la decadencia prevalece y la libertad es un nuevo estado para la renovación de la humanidad.

Un artista con un interesante mensaje o, incluso mejor, un artista comprometido con su época, en la búsqueda de su propio estilo: Korea nos conduce hacia un nuevo universo, donde el asombrado ojo del caballo refleja una nueva forma de percibir la vida.

La vida a veces resulta un circo, a veces un campo de batalla, en otras incluso un territorio por descubrir. La obra plástica de Jorge Korea no ofrece respuestas, sino un fuerte compromiso en la búsqueda de un nuevo orden, en el cual la fantasía y la imaginación alimentan el ojo de ese caballo que invita a nuestros sentidos y también sacude nuestra conciencia.

«Los Transfigurados»… ¡a la búsqueda del verdadero hombre!

Lucrecia Alfaro

Directora, Revista Estilos y Casas, año 6, n.º 5

Hombre y naturaleza se funden como parte del mismo ciclo de vida, generando mutaciones cuyas manifestaciones físicas son solo el reflejo material de las hondas transformaciones espirituales. Por lo tanto, el jaguar se convierte en hombre y este en pájaro, y así sucesivamente en un proceso interminable e irreversible, dando origen a «Los Transfigurados», la nueva obra temática del pintor Jorge Korea Rodríguez.

«Es un viaje en introspección sobre el actuar y pensar del hombre, y cómo ello, a través del tiempo, ha repercutido en sí mismo y en todo lo que le rodea», explica el artista al respecto.

Durante 15 años Korea basó su quehacer artístico en la conquista española, en cómo los europeos llegaron a dominar y someter a las civilizaciones indígenas autóctonas de América, y al final ambas culturas se fundieron para generar los nuevos habitantes del continente: los criollos. Por ello, en esas obras son usuales los caballeros a caballo, donde los equinos y los toros incluidos representan a los conquistadores (pues ambos especímenes fueron traídos a América por los europeos), mientras el sol y la luna hacen alusión a los pueblos indígenas. Mas admite que su obra sigue transmutándose tal como sucede con el hombre en lo cotidiano, y es por ello que desde hace año y medio, lejos de centrarse en una época o evento preciso (como fue la conquista), quiere llegar hasta lo profundo, a la génesis del ser humano, al origen, analizar cómo ha cambiado al interior en el correr de los años y lograr entender su comportamiento hacia «fuera», para consigo mismo y los demás.

Las obras recientes de Jorge Korea son entonces la manifestación sincrética que durante 30 años ha realizado el artista sobre la «búsqueda del verdadero hombre». Manifestaciones que también se han venido modificando paulatinamente a nivel plástico-expresionista, abocándose ahora mucho más hacia la síntesis, con menos elementos en el plano y trazos más sueltos. «Pienso que me enrumbo de nuevo, tal como hace años, hacia la abstracción, que para mí es síntesis conceptual», afirma Korea.

Lo que sí no ha cambiado es la singular y ya característica paleta multicolor que desde siempre ha sobresalido en las obras de Korea, dominada por los grises y los tonos pastel. «El gris es el verdadero punto de equilibrio donde se encuentran los demás colores. Cuando se dominan los grises, se domina el color», afirma convencido.

Este particular uso del color, Korea lo atañe a sus estudios en la Escuela de Bellas Artes de Nicaragua durante los años 70, pues, aunque tiene más de 30 años de vivir en Costa Rica, Jorge Korea es oriundo de Rivas, Nicaragua, y en los años 50, junto con su familia y aún siendo muy niño, emigró a la provincia costarricense de Guanacaste, donde se establecieron y donde transcurrió gran parte de su juventud.

También en tierras pinoleras estudió grabado, dibujo y escultura; y en Costa Rica continuó ampliando su formación de artista en los talleres de buenos colegas como Hernán Pérez, Edwin Cantillo, Roberto Cabrera y otros amigos salvadoreños, pues gusta de compartir y extender sus conocimientos departiendo con los demás.

Precisamente de su relación con los demás, con el público espectador, expresa que «desea dejarles un registro positivo», que el compartir con sus obras sea una experiencia agradable que les genere además inquietudes reflexivas, que les invite a ser participantes activos de la creación. «El espectador debe y puede terminar la historia de cada cuadro, para compenetrarse y sentirlo parte suya», expresa.

Sombras de caballos fantasmas

Facundo La Rosa · 2004

La pintura de Jorge Korea se ha caracterizado por un tratamiento riguroso del color y del trazo. En un principio es el color, pero después son las formas las que empiezan a tomar fuerza hacia espacios en los que las figuras se encuentran en trazos perfectos, siempre en movimiento, que rompen la tensión del conjunto de las formas y matizan el color.

En el proceso de su vida artística ha cambiado con frecuencia, de manera madura y avanzada, dentro de sí mismo. Por lo cual ha transitado por muchos géneros de la plástica contemporánea latinoamericana, como el paisaje, el desnudo y el bodegón, hasta llegar a la abstracción para volver a encontrarse con la figuración. Esta vez tomando como punto de partida el tema de La Conquista, donde bestia y jinete son uno solo, y más bien es el animal el que posee el protagonismo y toda la carga dramática.

Su obra ha evolucionado hacia la búsqueda del verdadero hombre. Ahora hombre y caballo se funden como parte del mismo ciclo de vida, generando mutaciones cuyas manifestaciones físicas son solo el reflejo material de las hondas transformaciones espirituales, dando paso a la transfiguración.

En los óleos recientes encuentro que es más dueño de sí, más libre y osado, pero sigue siendo una sensibilidad lúcida. Sus formas, tensas y veloces, a veces son agresivas, y sus colores reconcentrados tienen destellos de salvaje entusiasmo.

En la prensa

«En ellos conviven obras de Dalí, Miró o Chagall con artistas latinoamericanos como el costarricense Rodolfo Stanley o Jorge Korea de Nicaragua, además de consagrados nacionales como Nemesio Antúnez o Gonzalo Cienfuegos.»